Un saludo terrorífico, dos miradas divertidas, un asesinato y mucho dinero
Aroa, la chica que siempre está ahi, me paso la ficha que la mujer preocupada había elaborado. Contenía datos varios sobre su marido: horarios, rutina que seguía cada dia, nombre, dirección... y una foto. Era un hombre gordo de cabeza pequeña desprovista de pelo y cara de mala hostia. Me resultaba muy dificil creer que un hombre así fuese infiel, mas por motivos fisicos que morales. Aun que tambien me resultaba dificil creer que ese hombre estuviese casado, pero que se yo sobre el amor. Le dije a Aroa que pasase un buen dia y salí a la calle.
Según los datos que tenía, Francisco Ramos, el señor gordo, presidía una pequeña empresa distribuidora de papel. A esta hora debería estar en su despacho, en el primer piso de un edificio a ocho manzanas de mi despacho. Decidí ir andando para despejar mi cabeza, y a medio camino, Dios, que nunca ha sido mi amigo, decidió que era hora de que empezase a llover. Llegué empapado a la puerta del edificio, en la que estaba el portero bajo un paraguas. No me pareció un tio de los que te digan asi por las buenas si la gente que le paga esta en este momento tirandose a alguien, asi que le pregunté si el señor Ramos estaba en alguna reunión, y tras la respuesta negativa, seguida de un "está solo, pero no acepta visitas", decidí irme a la cafetería de enfrente a esperar, pues faltaba poco para su aperitivo de media mañana.
Entré, y lo que por fuera parecía una cafeteria, era en realidad un antro. Me sorprendió un lugar de tan escaso gusto en el centro de la ciudad. Pedí otro café y me sirvieron una taza de infierno. Me fijé en que tres mesas a la izquierda, una chica recien salida de la adolescencia miraba divertida como yo intentaba tragarme mi brebaje. Le dediqué una de mis mejores miradas de odio, y me centré en la puerta del edificio de enfrente. No tardó en salir el señor gordo, que era incluso mas feo en persona. Entró en el tuburio, se sentó en la mesa mas cercana a la puerta y a un gesto de su mano, la camarerá le sirvió un bocadillo y una cerveza. Podría apostar a que era su mejor momento del dia. Cinco minutos despues unos hombres entraron por la puerta, se sentaron en una mesa vacía y saludaron a Francisco. Su rostro pasó como una rafaga de la felicidad al terror. Se levantó como un fuego y salió balbuceandole a la camarera algo asi como un "apúntamelo". La historia de como un saludo puede cambiar tanto el gesto de un hombre sonaba muy interesante, pero como me pagaban por seguir al hombre gordo, me limité a sacarles una foto con el movil, y, previo pago del café, salí del antro y busqué con la mirada al gordo.
Estaba en la acera, buscando un taxi. Hice lo mismo. Llegaron dos, me subí en el segundo y le dije al taxista que siguiera al primero. Fue glorioso estar por fin en una situación en la que esa frase tan peliculera viniese a cuento. Tras veinte minutos de paseo por la ciudad entre semaforos, coches y asfalto, el primer taxi se detuvo, y de el salió el señor gordo, visiblemente nervioso. Me saqué un riñón, se lo di al taxista y salí del taxi. Ramos entró en un edificio. Esperé medio minuto y entré yo también. Vi que el ascensor se paraba en el piso 3, y empecé a subir por las escaleras, cuando sonó un disparo y tres hombres bajaron atropelladamente por ellas. Me empujaron, caí al suelo y siguieron corriendo. No pude verles las caras y creo que ellos no vieron la mia. Subí finalmente hasta el tercer piso, y me encontré con un hombre tirado en el suelo. Era Francisco Ramos. Estaba muerto.
Llamé a la policia. Me llevaron a comisaría, donde me tuvieron lo que a mi me parecieron tres lustros contestando a preguntas que claramente buscaban colgarme el sanbenito del asesinato. No lo consiguieron y cuando ya empezaba a anochecer, me dejaron irme por fin. Comencé a andar por la acera camino al despacho, aun bajo la lluvia, cabizbajo. Por lo menos la mujer podria estar segura de que su marido no le iba poner los cuernos en un futuro. Levanté un segundo la vista del cielo, y vi que en la acera de enfrente la chica de la cafetería estaba otra vez ahí, con su mirada divertida. Sin duda mi vida era un chiste. La ignoré. Llegué al despacho, donde Aroa me estaba esperando preocupada. Le expliqué lo sucedido y ella añadió que la mujer del gordo había traido un sobre hace dos horas "exclusivamente para James". "Lo mio es tuyo", le dije. Y abrí el sobre. En el había un cheque por valor de 100.000 euros. "Aroa, este mes ambos vamos tener paga extra". Meti la mano hasta el fondo del sobre y saqué tambien una pequeña nota. La leí:
"Francisco Ramos solo es una pieza del puzle. Investigue, detective".
